miércoles, 15 de enero de 2020

"Leyenda del nacimiento de la bandera wichí"


Cuentan los abuelos de los abuelos, que cuando el hombre originario vivía en la naturaleza había dos cielos; un cielo celeste arriba donde las aves enseñaban a los hombres el camino de la libertad y un cielo verde abajo donde los animales y las plantas se comunicaban y compartían los bienes de la tierra con el hombre originario.
Después vino el hombre blanco y derramó sangre por quinientos años y esa sangre fue tanta y tanto dolió la muerte y tanto odio nació en el corazón de los hombres, que se convirtió en un río de sangre que dividió al mundo en dos. Ese río de sangre cegó al hombre blanco y al hombre originario, vendándoles los ojos. Tampoco podían ver en el cielo celeste la libertad que querían mostrar las aves. Ese río de sangre fue tan grande que no dejaba ver el verde del monte; y éste se fue apagando por el dolor, el odio y la necesidad de destrucción que empezaron a hacer los hombres, esos que quedaron ciegos. Desolados comenzaron a pelear, a explotar a sus hermanos y a destruir a la madre tierra.
Un día, sin quererlo, se juntaron el hombre originario y el hombre blanco y mirándose a los ojos decidieron perdonarse y plantar una semilla en ese río de sangre.
Todos se asombraron y alegraron al ver que de la semilla nació un primer brote verde y sano, y tanta fue la alegría, que decidieron unirse para cuidarlo.
Ese brote se hizo fuerte y sus raíces atravesaron el río de sangre y llegaron al agua buena, y el brote se transformó en un árbol fuerte que ya nada podía tumbarlo.
Ese árbol se ve desde tan lejos y es tan hermoso observarlo, que nadie puede mirar para otro lado; y tan altas y tan bellas son sus ramas, que marcan el camino del que se pierde en la vida.
Más adelante miles de semillas de ese árbol se esparcieron con el viento, y miles de brotes están creciendo dentro del corazón de los hombres y las mujeres que quieren tener el alma libre de odio.
Y desde ese día ya no hubo blancos, ni negros, ni rojos, ni azules para ellos, sino hermanos de todos los colores. Así fue como se unieron en un abrazo el hombre blanco y el hombre originario luego de quinientos años.
Cuentan los que sintieron caer la semilla de ese árbol en su corazón, que vale la pena dar la vida para cuidarlo. Y los niños rieron con una risa fuerte y hermosa, y aunque nadie sabe bien por qué rieron, esa risa se escuchó en el mundo entero.


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